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Fotografía de Felix Velvet

Estamos parados en medio de la calle y, mientras esperamos, sentimos cómo nos toman del hombro, incluso nos sacuden un poco; volteamos instintivamente esperando lo peor pero no hay nada ni nadie.

Como especie, siempre nos hemos vanagloriado de ser la cúspide de la evolución, de que hemos logrado transformar nuestro entorno a voluntad y que salimos de las cuevas para imponernos incluso ante aquellos que fueron por siglos nuestros depredadores naturales.

Esto se lo atribuimos a que la naturaleza nos brindó el don de la razón y eso nos permitió entender nuestro lugar en el universo y tener consciencia de nosotros mismos. Pero ¿qué tanto comprendemos las verdaderas implicaciones de esto?

Así como nos puede ayudar a entender los confines de la realidad, también intentar tocar esos límites nos puede llevar, por impulso de la misma mente, a un terror psicológico en espiral descendente hacia la locura.

Madness (Locura), de Norbert Nagy

Las enfermedades de la mente fueron consideradas, prácticamente hasta fines del Siglo XIX, como influencia de espíritus. La constancia más antigua de tratamiento de estas nos llega desde Egipto, en el papiro Ebers; era el Dios Imhotep el que impartía la enseñanza a los médicos para curar a los enfermos a través de los sueños. En la Antigua Grecia, es Hipócrates quien establece la asociación de la mente y cuerpo y de los humores (sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema) y temperamentos como causa de las mismas

Durante la Edad Media, desde la perspectiva católica, la enfermedad mental se asocia a posesiones y demonios. El trato era cruel, condenatorio, y las monjas de los conventos, que se hacían cargo de ellos, los tenían en condiciones tremendamente insalubres. Muchos acabaron en manos de la inquisición acusados de pactos con El Diablo.

¿Cónoces el artista? ¡Échanos un grito!

Hasta el Siglo XIX y principios del XX, la histeria, homosexualidad, depresión, entre otras, siguieron siendo terribles diagnósticos y consideradas enfermedades manejables pero incurables y que eran causa de internamiento en los manicomios.

Alrededor de 1896, Sigmund Freud, médico neurólogo austríaco, padre del tan cuestionado psicoanálisis, se aventuró a reformar esto y dividió en tres conceptos fundamentales la psique del individuo: ello, súper yo y yo. Estos se refieren a los procesos conscientes e inconscientes de la mente humana siendo el ello los instintos, el super yo las reglas sociales de convivencia y el yo el mediador de ambos.

Fotografía de José Luis Martínez, poeta y artista visual chileno.

Con este marco teórico, Freud intentó explicar el funcionamiento de nuestra mente y por qué nos comportábamos de la manera en la que lo hacíamos, dando pie a los tratamientos terapéuticos a través del habla e influyendo en tratamientos y teorías posteriores como las de Carl Gustav Jung.

A pesar de que la mente es nuestra herramienta más valiosa, también es tremendamente frágil y puede funcionar, incluso, como prisión. Basta la influencia de un agente externo que nos disparé un viejo trauma para que perdamos el control que presumíamos.

Mucho jugaron los escritores con estos miedos e imposibilidades. Justo en la segunda mitad del Siglo XIX, Edgar Allan Poe nos deleitó con El corazón delator (1843) donde una joven asesina a un anciano que lo enloquece con su ojo de buitre y, al recibir a los detectives que investigan el crimen, su mente le juega sucias bromas que lo enloquecen.

Ilustración para Le Horla, de Guy de Maupassant, por Anna y Elena Balbusso, (2010).

También Guy de Maupassant escribe El Horla (1892) y es un muchacho de posición acomodada que empieza a dudar de lo que sus ojos oyen y ven cuando parece que una entidad fuera de este mundo y realidad comienza a coexistir con él pero nadie más puede verla.

En el cine podemos citar la multipremiada Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock donde una muchacha roba la nómina de la compañía y, en su huida, se topa con uno de los personajes más peculiares de la historia del cine; como olvidar El silencio de los Inocentes (1991) de Jonathan Demme que nos dio a uno de los villanos más locos y extrañamente entrañables de la historia del cine, el Dr. Hannibal Lecter que, irónicamente, es un psiquiatra caníbal.

Portada alternativa para El silencio de los inocentes (1991), de Jonathan Demme.

Otras dos películas dignas de mencionar por sus tremendos guiones son El Cisne Negro (2011) de Darren Aronofsky que nos narra como la interpretación de una bailarina, tan perfecta, le lleva a confundir ficción con realidad; y La Isla siniestra (2010) de Martin Scorsese que, por mucho tiene uno de los giros de tuerca más emblemáticos en el cine.

Aunque muchas veces no se reconozca el temor a esa fragilidad y locura, esta es latente todo el tiempo. Siempre nos da miedo perder el control sobre nuestros actos, que no podamos recordar o entender lo que sucede a nuestro alrededor; en resumen, que no seamos dueños de nosotros mismos.

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Fernando SantamarÍa

Humanista y eructito aventurero de día, brujo medieval de noche. Indudablemente friki de clóset y músico en los entrepaños de enmedio. Es Lovecraftiano hasta la locura y cree que la vida sin gatos sería un error. Sabe que los Simpsons lo hicieron primero. Dicen que es libre y de buenas costumbres.

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